No me llames cariño



-No te vayas, Phil. Me estoy portando bien, no he llorado, ni te he reprochado nada…

La cabeza redonda de Vinca, junto con su pelo recto y sedoso, rodó por el hombro de Philippe, que sintió cómo el calor de una mejilla calentaba la suya.

-Bésame, Phil, por favor, por favor…

La besó, mezclando con su propio placer la torpeza de su extrema juventud -preocupado sólo por saciar sus propios deseos- y el recuerdo demasiado nítido de otro beso, que le habían robado sin que él lo pidiera. Reconoció contra sus labios la forma de la boca de Vinca, el sabor que le quedaba de la fruta mordida hacía un rato, la prisa que tenía esa boca por abrirse, por descubrir y prodigar su secreto, y se tambaleó en la oscuridad. “Espero -pensó- que ya nos hayamos perdido. Ojalá nos perdamos; tiene que ser así, ella no va a consentir, nunca, que suceda de otra manera… Dios mío, qué inevitable y profunda es la boca de Vinca, y qué sabia es al primer contacto… Perdámonos, rápido, rápido…”

Pero la posesión es un milagro trabajoso. Un brazo impetuoso, del que era imposible desembarazarse, aprisionaba la nuca de Philippe. Él sacudía la cabeza para intentar quitárselo y Vinca, pensando que Philippe quería dejar de besarla, lo estrechaba todavía con más fuerza. Por fin Philippe consiguió cogerla de la muñeca, que tenía pegada a su oreja, y tumbarla sobre el lecho de sarraceno. Ella emitió un breve gemido y dejó de moverse, pero en cuanto Philippe se echó, avergonzado, sobre Vinca, ella lo volvió a sujetar y a estrechar contra su cuerpo. Se dieron entonces una tregua agradable, casi fraternal, en la que cada uno tuvo hacia el otro un poco de piedad, y la afabilidad y discreción de los amantes experimentados. Philippe sujetaba con un brazo a una Vinca invisible, tumbada boca arriba, mientras que con la otra mano acariciaba su piel, cuya suavidad e imperfecciones, dibujadas en relieve por las espinas y las puntas de las rocas, conocía muy bien. Por un momento Vinca intentó reírse, suplicándole en bajo:

-Deja en paz ese arañazo… El sarraceno es tan suave…

Pero Philippe, por su voz, notó que le temblaba la respiración y él también tembló. Volvía sin cesar a lo que menos conocía de ella, su boca. Luego, mientras recuperaban el aliento, tomó la decisión de levantarse de un salto y volver corriendo a casa. Pero, al separarse de Vinca, sufrió un ataque de necesidad física, de horror al aire fresco y al vacío de sus brazos, y regresó a ella con un impulso que ella imitó y que dejó pegadas sus rodillas. Encontró entonces la fuerza suficiente para llamarla “cariño” con un tono humilde, un tono con el que le suplicaba que aceptara y al mismo tiempo olvidara lo que estaba intentando conseguir de ella. Ella lo entendió y sólo manifestó un mutismo exacerbado, quizá excesivo, una prisa que le produjo dolor. Philippe oyó un débil gemido de rebelión, recibió alguna que otra coz involuntaria, pero el cuerpo con el que estaba luchando no huyó, y él renunció a cualquier tipo de clemencia.


Colette, El trigo verde


Marine Girls – All dressed up


agosto 19, 2008. Uncategorized.

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