Algo tan simple como te echo de menos

Colin enrollaba las orillas de sus guantes y preparaba su primera frase, la cual se modificaba cada vez con más rapidez a medida que se acercaba la hora. No sabía qué hacer con Chloé. Quizás llevarla a un salón de té, pero de ordinario el ambiente es más bien deprimente, y no le gustaban las señoras glotonas de cuarenta años que se comen siete pasteles de nata con el dedo meñique estirado. No concebía la glotonería sino en los hombres, en quienes cobra pleno sentido sin quitarles su dignidad natural. Tampoco al cine, porque no querría. Tampoco al diputódromo, porque no le gustaría. Tampoco a las carreras de terneros, porque tendría miedo. Tampoco al hospital Saint-Louis, porque está prohibido. Tampoco al museo del Louvre, porque detrás de los querubines asirios se esconden los sátiros. Tampoco a la estación Saint-Lazare, porque no hay más que carretillas y ni un solo tren.

¡Hola!…

Chloé había llegado por detrás. Él se quitó enseguida el guante, se enredó dentro, se dio un puñetazo en la nariz, dijo “¡uy!…” y le dio la mano. Ella reía.

Pareces atribulado…

Abrigo de piel de pelo largo, del color de sus cabellos, y un sombrero también de piel, y botines cortos de piel girada.

Ella tomó a Colin del brazo.

Dame el brazo. Hoy no estás muy despabilado…

Me fue mejor la última vez –confesó Colin.

Ella rió de nuevo, lo miró y siguió riendo todavía más.

Te estás burlando de mí –dijo Colin con tristeza. Y eso no es muy caritativo.

¿Te alegras de verme? –dijo Chloé.

¡Sí!… –dijo Colin.

Caminaban siguiendo la primera acera que se les presentó. Una nubecilla rosa bajaba del aire y se acercaba a ellos.

¡Allá voy! –propuso la nube.

Ven –dijo Colin.

Y la nube los envolvió. En su interior hacía calor y olía a azúcar con canela.

¡No pueden vernos! –dijo Colin… ¡Y nosotros sí que los vemos!…

Es un poco transparente –dijo Chloé. No te fíes.

Da lo mismo, de todas formas se siente uno mejor –dijo Colin. ¿Qué te gustaría hacer?…

Solamente pasear… ¿Te aburre?

Cuéntame algo, entonces…

No tengo muchas cosas que contar –dijo Chloé. Podemos mirar escaparates.


Boris Vian, La espuma de los días


La Casa Azul – Por si alguna vez te vas


julio 10, 2008. Uncategorized.

Dejar un comentario

Be the first to comment!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback URI

A %d blogueros les gusta esto: