Por las mañanas me siento feliz si me encuentro en Hampstead Heath

Londres, 2 de Agosto de 2007

Hace una mañana maravillosa y qué mejor lugar para disfrutarla que en Hampstead Heath. Sopla una brisa agradable y las hojas de los robles, los chopos y los abedules parecen susurrarme alguna cosa interesante pero no adivino cuál. Los pajarillos y los pajarracos cantan alegres en las cercanías del lago y algún cisne se pasea por sus aguas cristalinas con serena parsimonia. En realidad he venido a Hampstead Heath porque hoy es mi último día en Londres y no puedo marcharme sin visitar antes mi lugar favorito del parque y de la ciudad, cuyas coordenadas geográficas iba a detallar sin temor alguno pero resulta que los yanquis a veces distorsionan la señal que nos llega de los satélites de la constelación GPS por cuestiones de seguridad y, a pesar de que yo no creo en las teorías conspiratorias, pienso que algún empleado de la CIA o del FBI se ha empeñado en fastidiarme la mañana porque según los datos de mi aparatito estoy descansando ni más ni menos que en el jardín de la casa de Sigmund Freud. Así que será mejor obviar el tema y centrarnos en redactar cómo fueron los conciertos de ayer en el Windmill de Brixton. Ciertamente el trabajos periodístico me resulta fascinante pero no demasiado atractivo, por ello me deleitaré contándoles aquello que los críticos musicales -esa subespecie de periodista que suele disfrutar de los conciertos charlando con los de su gremio o intentando ver algo de lo que ocurre en el escenario porque apenas llega al metro sesenta de estatura- nunca explican. Era la primera vez que visitaba el sur de Londres y la primera impresión no fue del todo desagradable, aunque sinceramente no comprendo el glamour que últimamente envuelve esta zona, para mí el único interés reside en que aquí se crió Jeeves. Cuando llegué a la sala de conciertos esperaban fuera unos jóvenes de aspecto pop, con caras alegres, bien lavadas, el pelo escrupulosamente peinado y sin apenas prendas de color negro. Buena señal, esta vez no me había perdido. Entré y la sala parecía estar casi llena. El chico de la taquilla me pidió que esperara cuando The Parallelograms empezaron a tocar los primeros acordes. A mi izquierda estaba sentada una chica oriental con un vestido años 60 con estampado de violetas y un gorro encarnado, que contrastaba con su pelo azabache. En la mesa de detrás, un par de abuelitos charlaban animosamente con uno de los chicos de la barra y más cerca del escenario había una mesita redonda con discos y camisetas, pero no pude comprar nada porque el día anterior ya hice una buena inversión en el mercadillo de Spitalfields donde adquirí algún disco de Northern Soul. Ya en las primeras filas se aferraban expectantes varias parejas de chicos y chicas, la verdad es que no observé demasiados solteros y solteras. [Curiosamente, entre ellos -insisto, yo no creo en las teorías conspiratorias-, se encontraba un chico de mi ciudad con el cual nunca había tenido la ocasión de conversar, a pesar de ser un habitual en los acontecimientos sociales y musicales de aquí, y que a la vuelta de vacaciones me enteré que era el primo de una de mis compañeras de trabajo, que también es soltera. Si lo menciono, simplemente es para acentuar el hecho que únicamente había dos españoles entre los asistentes, nada más]. Las canciones de The Parallelograms, tan alegres y saltarinas, sonaban a esos grupos que tanto me gustan del llamado anorak pop, como Talulah Gosh, Fat Tulips, Strawberry Story o Rosehips, y los chicos y chicas movían las cabezas arriba y abajo y a un lado y al otro, esto último no suelen hacerlo los rockeros y es un rasgo distintivo de la tribu urbana de los poperos, a la que -todo sea dicho de paso- nunca he pertenecido. Iba llegando poco a poco más gente, cuando de repente apareció ella. Ataviada con un vestido de rayas rosas horizontales, unos calcetines blancos y el pelo elegantemente recogido, me deslumbró con su aire de soberbia y altiva candidez. Me miró fugazmente con esos ojos que tan bien conozco y no puso mala cara. Supongo que no llevaba el pelo demasiado alborotado y mi expresión no denotaba demasiado cansancio, a pesar del largo paseo por el East End que realicé aquella mañana.

Pero volvamos a los chicos de Sheffield, los paralelogramos, que de geométricos, por cierto, no tienen nada. Les daré algunos apuntes sobre ellos para que vean lo encantadores que eran. El chico que tocaba la guitarra, que en los años dorados del indie británico estaba en Velodrome 2000 y Mrs Kipling, llevaba una camiseta de Daniel Johnston con la portada del disco “Hi, how are you”, que hizo célebre el malogrado Kurt Cobain, aunque la suya era de color negro. La guitarra que tocaba, me hizo mucha gracias, porque era de color rosa con la Hello Kitty y parecía pequeñita sobre su tripa cervecera de muchachote del norte. El bajista llevaba una larga melena al estilo del hippie de “The young ones”, un poco despeinada, y lucía una camiseta muy divertida con florecitas y unos fresones. Además cuando terminaban las canciones pegaba unos brincos muy chulos. El batería parecía muy simpático y era el único guapo, además tocaba de pie con mucho estilo. ¿Y quién cantaba? Pues una chica que parecía la típica estudiante que se pasa las tardes en la biblioteca, con el pelo corto, gafas de pasta y un precioso vestido rojo de topos blancos. Tocaron “Making faces”, su pequeño hit, más canciones propias y una versión de “The girl with the strawberry hair” de Tallulah Gosh. Los ancianos que les comenté seguían charlando como si nada y no parecía horrorizarles el concierto a pesar de que, como diría mi abuelo, aquello era puro ruido.

Desde entonces, los buenos de The Parallelograms han inaugurado su discografía con un estupendo single compartido con The Pains of Being Pure At Heart para el sello Atomic Beat Records, que dirigen la misma gente que organizó el concierto, y una canción -y qué canción- en el disco que acompaña al número 2 del fanzine Iconoclastic Cardies. Tristemente, ambos artefactos sonoros están totalmente agotados, pero el activista musical planetario más hiperactivo del momento, nuestro querido Roque, publicará el próximo lunes en su sello discográfico Cloudberry Records un disquito que contendrá los tres temas que han aparecido hasta ahora más un inédito y que promete ser la joya indiepop del año. Bobo/a -con cariño, como dice mi florecilla- quien se lo pierda. Pero es que encima, el amigo Roque me ha chivado que tiene preparado un single en vinilo que albergará en su cara B, ni más ni menos, que “Making faces”, y que verá la luz este mismo año. Yo ya estoy preparando el asalto a la misteriosa fábrica que plastificará este increíble hit para hacerme con el acetato o alguna copia en primicia. Como los yanquis me saboteen el navegador…

The Parallelograms – Without you

The Parallelograms – Pop the bubbles

junio 10, 2008. Uncategorized.

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