La piel suave

Conocí a Virginia un verano en el que hubo varios incendios importantes por todo el país. Para mí, ella fue un incendio más. Yo pasaba las vacaciones en un monasterio del Empurdán dedicado al estudio de la Geomancia, gracias a la excelente biblioteca que los monjes habían logrado preservar a lo largo de varios siglos. Pasé días enteros encerrado entre las paredes de piedra seca de aquel templo mágico, cuyos secretos me disponía a desvelar. A veces ni me acordaba de las comidas y tan solo el sueño me obligaba a dar por terminada la jornada, después de horas y horas absorto en la lectura de tratados teosóficos y esotéricos. Pero un día alguien se propuso poner fin a mis investigaciones y prendió fuego al bosque de pinos que circundaba el monasterio, con lo cual tuvimos que desalojarlo y ser trasladados hasta el pueblo más cercano. Éste era un sitio bastante tranquilo, en el cual la mayoría de sus habitantes se dedicaba a la pesca y unos pocos al creciente turismo. Sin embargo, el hedor de pescado me aturdía profundamente y pocas veces visité la playa o paseé por el bello paseo marítimo cubierto de rosales. Prefería explorar el monte donde las esencias eran más agradables y las perspectivas de la costa muy estimulantes. Y en una de esas jornadas de placentero descanso fue cuando encontré a esa jolie putain, cuyo recuerdo aún hoy se me hace confuso. Vivía en una vieja caravana que alguien decidió abandonar en esos salvajes parajes y en ella dormía y pasaba las horas muertas. Al mirar por la ventanilla la vi pintándose las uñas de los pies de color cereza y tenía unos algodones entre los gruesos dedos. Una camiseta ancha parecía ser lo único que vestía. Sin querer hice algo de ruido e inevitablemente se asustó un poco. Le pregunté si podía pasar y no dijo nada, así que entré. Enseguida me hizo saber que estaba muy cansada y que lo que único que me podía ofrecer era un abrazo. Su voz infantil, llena de ternura, me conmovió. Le pregunté cuanto me costaría pero me contestó que nada. A pesar de que olía a colonia barata y sus uñas estaban sucias, cuando me miró fijamente con sus enormes ojos supe que me había enamorado de ella. Mientras aquellas trémulas estrellas azules hechizaban mi alma, se quitó la camiseta con grácil armonía, dejando entrever sus pequeños y bien formados senos. Aunque ella decía que había cumplido la mayoría de edad ese mismo año, era evidente que mentía. Me rodeó con sus anchos brazos y noté su cálida mejilla, al instante toda mi masculinidad se puso en súbita tensión pero me conformé con ese acto de caridad. Aquella semana nos volvimos a ver varias tardes, siempre antes de que marchara al pueblo a trabajar, y siempre dejó que mis deseos impetuosos invadieran su sexualidad. Pero entonces actuó el fatídico destino y, como tantas veces le ocurriera, un canalla se negó a pagarle lo que le pertenecía. Para que no armara alboroto no se le ocurrió otra cosa que estrangularla y lanzarla al vaivén de las olas. Encontraron su vestido con estampado de madreselvas y sus bailarinas color champán, junto con el ejemplar de “Historia de O” que le había regalado, en la pequeña cueva que antaño utilizaron los contrabandistas. En la ermita a la que solían acudir los marineros no se celebró ninguna misa por ella. No me sorprendió tampoco.

Trembling Blue Stars – Her World Beneath The Waves

septiembre 11, 2007. Uncategorized.

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