La noche pasada soñé que me amabas (capítulo I)


Jeremías sabía que si quería olvidarla tan solo tenía un modo de lograrlo: huir. Además estaba harto del trabajo en la empresa de su padre, por mucho que éste le hubiera prometido un ascenso seguro, el tener que escanear mapas todo el día era demasiado para un chico cuyas únicas metas en la vida eran hacerse millonario y lograr el amor de su musa. En lo segundo no tenía ninguna posibilidad, ella ya tenía novio y encima vivía en el sur, y si hay algo que Jeremías no soportaba era el calor. Además, las reuniones de poetas no le atraían en absoluto y se preguntaba qué haría él rodeado de tantos jóvenes sensibles e hipocondríacos, y si le contagiaban la tuberculosis qué muerte más horrorosa le esperaba, vomitar sangre les puede parecer a algunos lo más pero a él sin duda no. En cuanto a lo primero, también lo tenía difícil, sobretodo dejando el puesto de enchufado de honor en la empresa, aunque no había que perder las esperanzas tan a la ligera. Así que cogió lo imprescindible, su manuscrito autobiográfico y “El Anti-Edipo” de Deleuze y Guattari para leer en el viaje, y pidió a su asistente que le hiciera la maleta y le comprara un billete de ida a Ginebra en tren. En realidad, Jeremías quería viajar hasta latitudes superiores, cuanto más lejos de su amor imposible mejor, pero antes quería despedirse de su abuela que vivía en esa preciosa ciudad. Una vez llegara a su destino, pensaba entregarse a la lectura de toda la literatura antiromántica que le fuera posible y a tomar duchas frías. No tendría teléfono móvil ni conexión a Internet, su blog “Haciendo el indio: todo lo que quisieron saber sobre Jeremías y no se atrevieron a preguntar”, en el que con cada entrada pretendía hacer creer a sus lectores que era descendiente de una dinastía real india, tocaba a su fin. Con ello pretendía abandonar su obsesión de consultar el blog de su amada a diario, mientras estaba escaneando en la oficina era su único consuelo pero ahora había que dejarlo todo atrás, incluso los bellos juegos de palabras que ella construía. Cuando llegó el día previsto, pidió a su chófer que lo acompañara a la estación y una vez allí cogió el tren destino a Ginebra. Sentado en su asiento pensaba, como es lógico, en ELLA y se lamentaba de su decisión pero había que ser consecuente y disciplinado como siempre le decía su padre. En frente suyo se encontraba quien compartiría con él todo el trayecto, sin duda un tipo peculiar, pensó Jeremías. Vestía chaqueta de franela azul celeste, camisa blanca y pantalones del mismo color, los dos de lino, y unos mocasines afelpados de color azul eléctrico. Pero lo curioso es que estaba leyendo un manual de lepidopterología y llevaba a su lado un cazamariposas. Cuando Jeremías le preguntó por su afición, el chico le respondió que le interesaban los insectos porque estaba preparando un poemario que giraba alrededor de ellos y la angustia existencial del poeta en la sociedad moderna. Entonces por qué llevaba un cazamariposas le insistió, a lo cual el joven literato contestó que era para cazar conceptos al vuelo. Con ello Jeremías dio por terminado su interrogatorio y le deseó un buen viaje.

The Monochrome Set – Eine Symphonie Des Grauens

junio 12, 2007. Uncategorized.

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