Descalzo por el parque

Amanecía en la Gran Manzana y parecía como si no le importara en absoluto. Mientras paseaba por el norte del Central Park pensaba lo duro que debía resultar vivir en una ciudad como aquella, aunque esos arces, olmos y robles que me rodeaban indicaran lo contrario. De todos modos me daba igual, en unos días regresaría a mi hogar y los recuerdos se tornarían cálidos y amables. Debía llegar a la pensión cuanto antes, estaba agotado y mis fuerzas flaqueaban. Andaba un poco borracho y, mientras la ensoñación se apoderaba de mis sentidos, iba cantando la canción Million Tears de los Pastels. Hacía unas cuantas horas que no me cruzaba con nadie cuando divisé a lo lejos a alguien que estaba sentado en uno de los bancos que daban a un pequeño estanque artificial. Se trataba de un muchacha que estaba leyendo mientras disfrutaba de los primeros rayos de sol y del alegre cantar de los pájaros. Cuando pasé junto a ella la saludé y mientras intentaba fijarme en el título del libro tuve la fortuna de resbalar y caer al agua. Ella no pudo aguantarse la risa y por poco también va a parar junto a mí. Cuando se calmó se arrimó a la orilla y me ofreció su mano para ayudarme a salir, ofrecimiento que acepté muy gratamente por cierto. Era una chica de color que parecía bastante joven, debía tener unos 20 años, poco más. Llevaba unos pantalones tejanos muy ceñidos, una camiseta azul marino y unas bambas de color dorado y su figura me atrevería a decir que era perfecta, o al menos eso me pareció entonces. Le di las gracias y me dijo que no importaba y que si quería flirtear con ella debía hacerlo más sutilmente. No supe qué responder aunque aquello me pareció muy divertido y se me escapó una ligera sonrisa. Entonces le pedí si no le importaría acompañarme hasta mi pensión, estaba empapado y pensaba que junto a ella el camino se me haría menos triste. Puso cara de sorpresa y se excusó, parecía incómoda y yo la comprendía perfectamente. Le expliqué que me hospedaba en el Upper West Side, cerca de Harlem, y que llegaríamos en un momento. Supongo que le di pena y al final para mi sorpresa aceptó. Durante el camino estuvimos hablando de cosas sin importancia y en ningún momento tuve la sensación de causarle la más mínima impresión, parecía como si le hubieran pagado para acompañarme y eso me dolía un poco. Cuando llegamos le di las gracias por haberse tomado la molestia y como estaba borracho le di un beso en la mejilla. Aprovechando mi descaro, le pregunté si había alguna posibilidad de que nos volviéramos a ver algún día, a lo cual simplemente respondió que no lo creía y se marchó. Entonces subí a mi habitación, me quité los zapatos, encendí el ventilador y me eché en la cama sin hacer. Aunque el olor a humedad de las paredes era insoportable, no tardé demasiado en quedarme dormido. Aquel día, el sueño americano tampoco había funcionado para mí.

mayo 27, 2007. Uncategorized.

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