Objetos perdidos (primera media parte)


Hay muchos elefantes de juguete pero para Pablo ninguno es tan bonito como el suyo. Éste tiene las orejas articulables, además de las patas, y la textura de la piel es muy parecida a la real. Y está tan entusiasmado que logra contagiar su excitación a Alfredo, su único amigo, el cual escucha con suma atención los comentarios de Pablo: las diferencias entre el elefante africano y el asiático, que si uno tiene un tamaño mayor, las orejas de diferente forma y hasta la trompa también. Los demás pasajeros del vagón de metro los miran con incredulidad y asombro, pues no es habitual encontrarse con dos chicos mayorcitos conversando sobre las características morfológicas de un elefante de plástico, por muy real que éste parezca. Pero ellos ni se percatan de las caras de los viajeros, absortos como están con su última adquisición. Pablo debe bajarse en la siguiente parada pero, como casi siempre, es Alfredo quien se lo recuerda. Qué sería de él sin su amigo inseparable, cuando los demás se empeñan en considerarlo un enfermo, un excéntrico o las dos cosas a la vez. Por suerte, dentro de unos minutos llegará a su hogar, donde le esperan sus amigos y Berta. Pablo vive en un barrio industrial antiguo, su piso se encuentra en una callejuela que parece resistir estoicamente los embates del monstruo urbanístico. En ella, unos gatos pasean tranquilamente mientras los pocos vecinos se encuentran dentro del colmado conversando sobre los pequeños temas de la vida cotidiana. Fuera, una parada de autobús anulada se yergue como privilegiada espectadora. Cuando llega Pablo tan solo se oye el murmullo del interior y el alegre canto de los pocos pájaros que se resisten a dar por terminado el día. Como siempre, la puerta de la calle está abierta y al entrar se encuentra con una perdiz que parece un poco perdida. Ella ni se inmuta y sigue a lo suyo, Pablo le da las buenas tardes y coge el correo, ésta vez no conoce a nadie de los que le han escrito, además sus nombres son más bien raros, compuestos como los de los príncipes pero más feos aún. Su vecina, la señora Herminia está un poco preocupada porque ha perdido las gafas y cuando Pablo entra a saludarla, como era de esperar, no lo ve. Pablo le trae una postal que encontró tirada cerca de un contenedor de basura en la que aparecen unos bueyes con flequillo y pensó que le harían gracia, a él sin duda le encanta. Pero cuando la llama, la señora Herminia se piensa que es el casero y se esconde detrás del frigorífico. Pablo piensa que esa mujer es un poco extraña pero insiste hasta que ella se da cuenta del error. Entonces le cuenta su desventura, ahora que iba a ver el noticiario ese en el que sale un presentador bien apuesto, va y pierde las gafas, menudo fastidio. Le cuenta que lleva casi toda la tarde buscándolas sin éxito y no comprende dónde puede haberlas dejado. Pablo no entiende nada pues desde que ha entrado la señora Herminia lleva las gafas subidas y así se lo hace notar. Qué alegría haberlas encontrado, qué majo es Pablo y qué pena que aún siga soltero con lo elegante y educado que siempre es. Le invita a cenar unas croquetas que ha comprado en el mercado, tan solo tiene media docena pero le cuenta que ella tan solo come lo estrictamente necesario y con un par o tres ya tendrá suficiente. Además le explica que es vegetariana porque es muy bueno para la salud y además ahorra. Pablo cree que una hamburguesa con patatas es mejor plan, con lo cual se excusa diciéndole que esa noche tiene mucho trabajo que hacer, lo cual es totalmente cierto como intentaré demostrarles.

Daniel Johnston – Wicked World

mayo 14, 2007. Uncategorized.

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