Los hijos de los otros

Desde lo alto de la colina el pequeño pueblo se asemejaba al mismísimo infierno. Jamás la luz del alba había adquirido un aspecto tan amenazador, los pájaros parecían haberse escondido en algún lugar recóndito pues no se les oía cantar, mientras que los perros aullaban aterrorizados por el fuego. Las llamas iban devorando las casas del centro histórico y la urbanización de las afueras parecía correr la misma suerte. La gente huía despavorida de sus casas con lo puesto y los bomberos aún estaban por llegar. Sin embargo, Ovidio, Rashid y Orfila no sentían miedo ni pánico ante semejante horror. Ovidio era el mayor, todos le tenían mucho respeto y admiración porque era valiente y cordial como pocos. Los niños del pueblo, sin embargo, lo odiaban porque se pasaba muchas tardes leyendo novelas y libros de historia en vez de salir a jugar con ellos. Un día vio en casa una película donde un grupo de escolares se rebelaban contra sus profesores y había sentido algo en su interior que le indicaba que él también debía tomar su ejemplo. Su hermana pequeña, Orfila, tenía una sonrisa electrizante y siempre estaba de buen humor. Aquellos dientes de conejo le daban un aire encantador y los únicos que no se percataban de ello eran sus padres y su maestro de la escuela. Algún especialista bobo les había advertido que se trataba de un síntoma de hiperactividad y que debían suministrarle calmantes. Ovidio no entendía porque drogaban a su querida hermanita, ella que era la chica más pizpireta que existía en el mundo. Rashid también quería mucho a Orfila, era la primera persona que se había dirigido hacia él y le había pedido que jugaran juntos. Además no lo miraba raro por tener la piel morena ni por hablar de un modo curioso. A Ovidio lo admiraba porque éste siempre le contaba lo fabulosos que habían sido los persas en la antigüedad y porque siempre lo había defendido en el colegio cuando le querían pegar. Allá en lo alto, estirados en la húmeda hierba, observaban plácidamente como se iba desarrollando la tragedia. Tan solo Orfila sentía un poco de añoranza por lo que iba a dejar atrás, aunque la idea de una vida nueva la llenaba de esperanza. Además, su beluga de peluche vigilaba por ella y su hermano Ovidio le había prometido que en el bosque que cubría las montañas los animales esperaban su llegada para darles una calurosa bienvenida. A primera hora de la mañana, cuando los mirlos, las alondras y las golondrinas despiertan de su placentero sueño con alegres cantares, Ovidio, Rashid y Orfila llevaron a cabo su plan con tal maestría que hasta el primero estaba gratamente sorprendido de ello. Montando sus bicicletas recorrieron el pueblo esparciendo la gasolina que habían recogido del garaje del padre de Ovidio y Orfila y con ella el poder destructor de su combustión. Atrás quedaban la desazón que les provocaba el ser ignorados por sus padres y los severos castigos de su profesor, ya nunca más deberían soportar su estúpido comportamiento ni su inmadurez, ya habían logrado poner fin a esa aburrida vida y ahora era el momento de renacer bajo el amparo del robledal y de las criaturas que en él se cobijaban. El valiente tejón, la alegre rata de agua, el travieso sapo y el tímido topo serían sus compañeros de aventuras, el sabio búho escucharía sus dudas y sus temores y el petirrojo les contaría mil historias. El musgo sería su colchón cuando tropezaran, las flores silvestres les saludarían con amabilidad y respeto y los frutos del bosque les darían alimento. ¡Qué más podían pedir!

Disco Inferno – It´s A Kid´s World

marzo 22, 2007. Uncategorized.

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