Os deberían asesinar a todos

A veces me pregunto por qué alguien puede enamorarse de la persona menos indicada, saberlo y sin embargo seguir negando la obviedad. Hace años conocí a un chico que se llamaba Jaime, trabajaba en una pequeña biblioteca municipal a la que yo solía acudir todos los viernes después de las clases. Era muy buen conversador y siempre me aconsejaba libros de autores rusos, además compartíamos la afición por el cine de autor y el pop inglés de los 80. Siempre me fascinó su elegancia y simpatía, aunque siempre se metiera conmigo no podía tomarlo a mal. Era más bien alto, pelirrojo y llevaba gafas de pasta negras, vaya que parecía el típico estudiante brillante. Sin embargo, lo que me llamó la atención de él fue que un día llevara una chapa de The House of Love, desde aquel día pensé que debía saber más de él y a la tarde siguiente me presenté con una chapa de Postcard Records, con lo cual empezamos a intimar de inmediato. Íbamos los fines de semana a la filmoteca y a veces me invitaba a su casa, en realidad la de sus padres. Una vez me confesó que los odiaba y que deseaba que desaparecieran para siempre. No podía entender como podían llevar una vida tan insignificante y es que no soportaba a la gente normal, a los que eran del montón. Cada vez que los encontraba sentados en el sofá viendo aquellos nauseabundos programas de televisión le entraban ganas de acabar con ellos, su vulgaridad le horrorizaba y se preguntaba cómo él podía ser hijo de semejantes inútiles. Pasaron los meses y poco a poco intenté alejarme de él pero su poder de seducción era innegable y no pude evitar dejar de ser su único amigo. Al poco tiempo conoció a una chica, Alba se llamaba, que iba al instituto que estaba al lado de la biblioteca. Era más bien tímida y tan frágil que a veces parecía que iba a romperse en mil pedazos. Recuerdo que siempre vestía de negro y su flequillo le daba un aire de dulzura verdaderamente encantador. Si no la hubiera conocido diría que era una chica tirando a normal pero lo cierto es que la tristeza que se adivinaba en sus ojos ya indicaba todo lo contrario. A Jaime le parecía patética, una auténtica perdedora, y para reírse de ella se propuso enamorarla, lo cual consiguió con una rapidez pasmosa, al menos para los estándares que yo conozco. Ella le ofreció la rendición y se entregó a él de manera peligrosa. Sentía auténtica devoción por aquel chico con tan buen gusto y que siempre que hablaba parecía que lo hiciera de metafísica. Admiraba su sensibilidad y su ternura, aunque lo que no sabía es que aquella alma era incapaz de sentir nada en su pobre corazón. Creo que jamás conoció lo que significaba estar enamorado, tan solo una vez creyó estarlo cuando por una confusión su padre le preguntó a la madre de una compañera del colegio si Jaime había invitado a su hija a ir al zoo ese fin de semana, aunque el interés era más bien de su progenitor que del propio Jaime. Esa niña creyó que él estaba loco por ella y pronto se hicieron eco todos los alumnos y alumnas, especialmente estas últimas, con lo cual se armó un alboroto pues a esa tierna edad no son demasiado comunes estos asuntos del corazón. Pero salvo este simpático accidente Jaime jamás volvió a sentir la flecha de Cupido ni tan siquiera su proximidad. Y Alba creo que se dio cuenta demasiado tarde, yo la quise prevenir pero mis intentos fueron en vano. No había nada que hacer para contrarrestar su poder de atracción y todo indicaba que el final se parecería al de una tragedia griega. Un fin de semana Jaime la llevó a la casa que tenían sus padres en la costa, ella brillaba en su pequeño esplendor y la alegría se adivinaba por primera vez en su rostro. Sin embargo, jamás volví a verla de nuevo y nada supe de aquella chica del montón. Jaime nunca quiso hablarme de ello y yo me temí lo peor. Entonces decidí que era mejor dejar de leer a Dostoievski y Tolstoi y así lo hice.

marzo 4, 2007. Uncategorized.

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