Inseparables, al fin
Hacía mucho tiempo que yo había dejado de entenderme con Nadja. Lo cierto es que quizás nunca nos hemos entendido, al menos acerca de la manera de afrontar las cosas sencillas de la existencia. Definitivamente, ella había escogido no tomarlas en consideración en absoluto, despreocuparse de la hora, no hacer ninguna diferencia entre los comentarios intrascendentes que a veces expresaba y los otros que tan importantes me eran, no preocuparse lo más mínimo por mis fluctuantes estados de ánimo y por la mayor o menor dificultad con que toleraba sus peores distracciones. No le importaba, ya lo he contado, narrarme las peripecias más lamentables de su vida sin ahorrarme ningún detalles, abandonarse aquí y allá a ciertos coqueteos fuera de lugar, hacerme esperar, con el ceño muy fruncido, hasta que le apeteciera cambiar a otras prácticas, porque desde luego no cabía esperar que se volviera natural. ¡Cuántas veces, sin poder aguantar más, desesperando de poder orientarla de nuevo hacia una concepción real de su valía, casi huí de ella, a riesgo de volverla a ver al día siguiente como sabía ser cuando ella misma no estaba desesperada, reprochándome mi dureza y pidiéndole perdón! Acerca de todo esto, tan deplorable, debo confesar sin embargo que cada vez me trataba con menos miramientos, que a menudo todo terminaba en violentas discusiones que ella agravaba al atribuirles motivos mezquinos que no existían. Todo eso que hace que podamos vivir de la vida de un ser, sin que deseemos obtener de él nada más que lo que nos da, que nos baste hasta el exceso con verlo moverse o estar quieto, hablar o callar, velar o dormir, tampoco existía por mi parte en absoluto, nunca había existido: demasiado seguro estaba de ello. Casi no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta cuál era el mundo de Nadja, y en el que todo tomaba tan rápidamente la apariencia del ascenso y de la caída. Pero lo juzgo a posteriori y me aventuro diciendo que no podía ser de otra manera. Aunque haya podido desearlo, aunque quizás también haya podido ilusionarme con ello, quizás no estuve a la altura de lo que ella me proponía. Pero, ¿qué me proponía? Poco importa. Sólo el amor en el sentido en que yo lo entiendo – pero, en ese caso, el misterioso, el improbable, el único, el que todo lo une y el indudable amor – tal y como a fin de cuentas sólo puede ser a toda prueba, hubiera podido en este caso obrar el milagro.
André Breton, Nadja
St. Christopher – You deserve more than a maybe

Aquella noche se quedaron en el sofá, con la luz encendida. Ginia no trató de escabullirse. Habían arrimado la estufa hasta el borde del sofá, pero seguía haciendo el mismo frío. Al cabo de un momento en que Guido se quedó mirándola, Ginia tuvo que arrebujarse entre las mantas. Pero lo más bonito de todo fue darse cuenta, estrechándose junto a él, que aquello era precisamente el amor. Guido se levantó, desnudo, para coger el vino y regresó dando saltitos por el frío. Pusieron los vasos sobre la estufa para calentarlos. Guido sabía a vino, pero Ginia prefería el olor caliente de su piel. Guido tenía rizado el vello del pecho y le hacía cosquillas en la mejilla, y cuando alguna vez se destapaban, Ginia comparaba aquel pelo rubio con el suyo y enseguida sentía una mezcla de placer y de vergüenza. Le dijo a Guido al oído que le daba miedo mirarlo y éste le respondió que, en ese caso, no lo mirase.
[…]
Luego apagaron las luces y se quedaron callados. Ginia miraba el techo borroso y pensaba en muchas cosas mientras Guido respiraba encima de ella. A lo lejos, detrás de las ventanas, se veían las luces. Aquel olor a vino y el aliento tibio le hicieron pensar en el pueblo de Guido. Luego se preguntó si a Guido realmente le gustaba su cuerpo tan delgado o si también él prefería a Amelia, tan morena y guapa. Guido le había besado por todo el cuerpo, en silencio.
Luego advirtió que Guido se había quedado dormido y le pareció imposible que dos personas pudieran dormir así abrazadas. Se soltó muy despacio y buscó un sitio más fresco en el sofá, pero enseguida le volvió la inquietud, al saberse desnuda y sola, y experimentó de nuevo la misma náusea y pena que sentía cuando se lavaba de niña. Se preguntó por qué Guido se acostaba con ella y quiso imaginarse lo que pasaría al día siguiente. Se acordó de todos aquellos días en que había estado esperando, los ojos se le fueron llenando de lágrimas y lloró despacito para que no la oyera.
Cesare Pavese, El bello verano
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