Tírame el lazo, linda

Federico se preguntaba por qué Sukie se tocaba la piel por encima de su seno izquierdo cuando quería referirse a su corazón, mientras iba dibujando la flor del loto azul en su culito. Federico era como un pez payaso atrapado entre los brazos de una anémona. A pesar de ser inocuo a su veneno, era incapaz de vivir sin ella. De repente, sonó el teléfono, era su padre. “¿Qué estás haciendo a estas horas?”. “Estoy acariciando el yoni de Sukie, papá”. “Deja de jugar con las mascotas de… da igual… y ven de inmediato que hace una hora que te estamos esperando”. Federico había olvidado que tenía una reunión del comité directivo de la empresa de su padre, del cual él formaba parte como regalo de su trigésimo aniversario. Para que Sukie no se enfadara, le prestó su traducción libre del inglés al chino de “El barco de orquídeas” y se despidió de ella con la danza del pato mandarín en celo. La Calle de los Enamorados parecía tranquila a esas horas, apenas unas niñas peinándose su pelo lacio y jugando a las palmas y a la comba y algunos señores jubilados haciendo ver que buscaban su dentadura postiza entre los ficus. Federico se encontraba pálido y un poco débil, como si hubiera pasado la mañana con Carmilla. Aún no había andado veintitrés metros que se topó con un mujer de larga melena pelirroja recogida hacia un lado, bien visible a través de un velo luminiscente, vestida en una nebulosa de gasas, sedas y flores bordadas, con un cinturón de explosivos y un agradable perfume a azahar. “Permítame que me presente. Soy Bibi Miriam y quiero vengar a mi hijo”. Federico no salía de su asombro. “¿Bibí qué? Bueno, yo soy Federico”. ”Ah, Federico. Debes vigilar y mantenerte alejado de quienes te obligan a pecar, limpiar tus impurezas y regresar al verdadero camino”. “Joder, otra plasta”, pensó nuestro protagonista. Le deseó suerte y se alejó de ella tan rápido como pudo. Llamó a su padre y le dijo: “Papá, creo que llegaré un poco más tarde. Es que me he encontrado a la Virgen”. Temiendo demorarse aún más si cogía el transporte público, pilló un taxi. Federico le indicó la dirección al conductor pero el hombre no lo entendió muy bien porque era francés y llevaba poco tiempo viviendo en el país de los despropósitos. El taxista no paraba de recitar versos y Federico no entendía nada de nada. Sollozaba continuamente y parecía que tuviera el pie enganchado en el acelerador. “Oiga, podría hacer el favor de conducir más despacio y parar de rezar en occitano”, le tuvo que casi suplicar Federico. “Soy Arturito, ¿no me conoce?”, le contestó el taxista. “Pues no se parece usted demasiado a ningún androide de la factoría del señor Lucas, ya me perdonará”. Federico lo miraba como si estuviera conversando con un mandril. “Oh no, soy poeta y un pecador inmoral. ¡Una bestia, un negro!”, respondió llorando el buen hombre. “¡Yo también! Y también escribo versos, más que nada para evitar pensar demasiado en la Muerte, ya me comprende. Tonterías sobre amores platónicos, más o menos… Hablando de filósofos, ¿sabe que Heráclito murió asfixiado por excrementos de vaca?… Pero continuando con la poesía, sinceramente yo prefiero Àusias March a toda la poesía simbolista. Espero que no se enfade…Oiga, ¡parece que se haya sacado usted el carné de conducir en Bogotá!”. Cuando Federico finalmente se apeó del vehículo se dio cuenta que había perdido por el camino media pierna, el lingam y unos cuantos dientes. Sin embargo, se sintió más tranquilo cuando escuchó la melodía “No milk today”, de los Herman´s Hermits, que tarareaba una jovencita acompañándose con una pandereta de color negro. “Hola, me llamo Suzette y te invito a mi fiesta de cumpleaños”, le dijo la muchacha. “Ah, gracias, ¿y cuántos cumples”, preguntó Federico incumpliendo la regla número uno del Manual del Joven Seductor en Apuros. “Dieciocho menos dos”, se rió ella. Ostras, pero si podía ser su padre, pensó nuestro chico afortunado. “Bueno, si puedo iré…”, tuvo que decir. “Hay un requisito y es que debe venir uno disfrazado, aunque no de algo horrendo y feo, como zombie”, advirtió ella. “De acuerdo, lo tendré presente”, le contestó Federico mientras sostenía un pliegue de epidermis de su mejilla. Cuando la muchacha se despidió, Federico notó que iba descalza y con una piel de asno como único atuendo. De repente le pareció que había visto alguna vez a una chica vestida de ese modo pero por mucho que se esforzó no la pudo recordar. Apenas se había recuperado de semejante deslumbramiento, apareció revoloteando a su alrededor un bello petirrojo. Después de posarse delante de él, le habló en perfecto castellano. “Pataliputra, Pataliputra, pupilas dilatadas, beso de serpiente”, y se marchó como había llegado. Federico buscó entre los bolsillos el paquete de chicles sabor tarta de fresa de la abuela y los tranquilizantes que le había robado a su casera para después darse cuenta que el mamagallo del taxista lo había dejado frente al Museo Etnológico. Después de meditarlo un rato, no creyó oportuno informar a su padre de lo sucedido, total, no lo iba a creer. Y ya que estaba allí, decidió entrar. Había dos escaleras, una que llevaba a la sala dedicada a los Shuar y otra que llevaba a los caníbales papúes. Federico prefirió ver primero esta última y ya iba a subir cuando el vigilante le advirtió que esa sala estaba en obras y que no se podía visitar. Federico se disculpó y le ofreció unos chicles. El hombre picó y se tomo los opiáceos bien a gusto. Cuando estos surgieron efecto, los espíritus paganos dieron la bienvenida a Federico. Lo que sucedió en el museo lo desconocemos por completo pero al día siguiente en la página de sucesos de La Vanguardia apareció una noticia que daba cuenta del misterioso caso de las máscaras y escudos de los habitantes del río Sepik que habían aparecido en la sala dedicada al Japón junto con los kimonos y las prendas de vestir femeninas tradicionales. El periodista también contaba que los encargados del museo habían denunciado la desaparición de varios pares de geta de gran valor histórico.

Andreas Dorau – Taxi nach Shibuya



octubre 1, 2008. Uncategorized.

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